Aún recuerdo la última fiesta que dimos en la casa, fue a lo grande. Estaban casi todos nuestros conocidos, unos más amigos que otros, pero estaban y eso cuenta.
Yo era joven, quizás demasiado, y eso me hacía ser más impulsiva y alocada que ahora. Mi marido, un vejestorio dos años mayor que yo me mantenía a raya. ¿Pero qué son setescientos treinta días para un mortal? Nada. Para mi, demasiado.
Aún no comprendo ese gusto por la aventura que él tenía y esa ridícula facilidad para aceptar invitaciones de gente más ridícula aún. Debió haberlo pensado mejor antes de decir que sí a la trampa que le tendieron. Pobre, nunca sospechó de su final, sabiendo que soy un poco violenta..
Yo creía firmemente que ninguna daga podría atravesar su carne y que ninguna palabra mía le heriría jamás. Estaba profundamente equivocada, fue más fácil de lo que pensé.
Pero hasta el día de hoy no puedo concebir una imágen más horrorosa que la de aquella madrugada, el cargo de conciencia es terrible y el karma existe. Por eso, todo fue culpa mía, no debí haberla desafiado esa noche, ni nunca. Sabía lo que iban a hacer y una vez hecho, no podría mitigar mi dolor.. Aunque era más como un sentimiento de ira, porque nunca soporté la idea de verlo revolcándose con otra que no fuera yo, menos entregando palabras dulces y sentimentales a una maldita.., estaba consciente de que había bebido demasiado como para controlarme. Me sentía humillada al ver lo fácil que había perdido un marido y más terrible aún, una apuesta.. Otra vez.
Realmente pensé que podría ganar, las posibilidades estaban a mi favor. Ya había perdido veces anteriores en retos similares, pero la Camila no tiene ninguna gracia, era casi imposible que aceptara. Pero Dios, lo logró la muy perra.. Así que debía pagar y cumplir mi parte del trato, ella no quería que el mundo se enterara que había estado con mi marido, así que tuve que eliminar toda prueba de esa noche que la delatara.
Salí sin zapatos a la calle, con el pelo despeinado y una cara de borracha indiscutible. Traté de respirar profundo, sería un largo día. Vagué por variaras horas hasta que decidí regresar a mi casa. Parada en la vereda fría reaccioné. Me di cuenta de que lo que había hecho la noche anterior fue una idiotez, me sentía mal. En cierta forma estaban pisoteando el amor que sentía por una persona y yo lo estaba permitiendo, incluso había dado la idea. Pero mi orgullo era demasiado grande como para haberme quedado de brazos cruzados. No callaría frente a él, se lo reprocharía para siempre, incluso después de muerto. Dios, por qué lo hiciste!
Toqué la puerta y nadie me abrió, así que entré por el ventanal, subí las escaleras y ahí estaba.
-Diana, ¿qué haces acá? - Aún recuerdo la sorpresa que reflejaba su rostro. Si hubiese estado más lúcida, me habría reido, pero eso habría arruinado todo el momento.
sábado
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