A veces en las noches silenciosas, cuando no no hay rastros de brisa fresca y las estrellas no tintinean en el cielo, intento que mi tristeza se desborde, lucho contra mi, me interrogo y traigo imágenes a mi mente para apenarme a propósito, pero no consigo nada más que sollozar fugazmente. ¿Esto quiere decir que mi corazón está sano? ¿No hay más heridas que curar? Y yo que me entretenía vendándolo y cuidándolo todos los días de mi vida..
Ayer me paré en un paradero y paré el tiempo para poder pensar con más claridad, dejé de lado el ruido de la ciudad, que era insoportable y hacía sufrir a mi cabeza, la hacía estallar de a poco. Medité largo rato y decidí que al tratar de encontrarme, perdía mi tiempo, porque es imposible que yo esté perdida y lejos de mi si estoy siempre a mi lado y acompañándome.
Hoy paseaba por las calles cubiertas de sol y me di cuenta de que siempre estuve ahí, pero no me había visto. De verdad había estado muy ciega, porque ya era famosa y los asientos de los parques tenían mi nombre rayados en sus tablas de madera apolilladas y de un verde oscuro. Ya había pasado por ahí buscándome, pero alguien me había encontrado antes y dejó una pista mal escrita que podría seguir más adelante, en un futuro cercano, ahora..
Necesito hallarme pero no sé adónde fui a parar. ¿Señor, me puede dar la dirección? Apúrese que se hace tarde y tengo que llegar a tiempo.. Si me hubiése quedado donde estaba, si tan sólo me hubiese olvidado del planeta y hubiese tenido en mi mente sólo a mi estrella, ya estaría conmigo.Mañana seguiré la pista que ese alguien dejó en una pequeña plaza sin nombre, en un escaño de pintura verde descascarada por el sol, la lluvia y las estrellas nocturnas. Supongo que pensaré en lo idiota que había sido ayer al reflexionar erróneamente que perdía tiempo buscándome, tenemos todo el resto de la eternidad para gastar y yo sólo quiero ser feliz.
viernes
Viernes, treinta de enero
A veces en las noches silenciosas, cuando no no hay rastros de brisa fresca y las estrellas no tintinean en el cielo, intento que mi tristeza se desborde, lucho contra mi, me interrogo y traigo imágenes a mi mente para apenarme a propósito, pero no consigo nada más que sollozar fugazmente. ¿Esto quiere decir que mi corazón está sano? ¿No hay más heridas que curar? Y yo que me entretenía vendándolo y cuidándolo todos los días de mi vida..
Ayer me paré en un paradero y paré el tiempo para poder pensar con más claridad, dejé de lado el ruido de la ciudad, que era insoportable y hacía sufrir a mi cabeza, la hacía estallar de a poco. Medité largo rato y decidí que al tratar de encontrarme, perdía mi tiempo, porque es imposible que yo esté perdida y lejos de mi si estoy siempre a mi lado y acompañándome.
Hoy paseaba por las calles cubiertas de sol y me di cuenta de que siempre estuve ahí, pero no me había visto. De verdad había estado muy ciega, porque ya era famosa y los asientos de los parques tenían mi nombre rayados en sus tablas de madera apolilladas y de un verde oscuro. Ya había pasado por ahí buscándome, pero alguien me había encontrado antes y dejó una pista mal escrita que podría seguir más adelante, en un futuro cercano, ahora..
Necesito hallarme pero no sé adónde fui a parar. ¿Señor, me puede dar la dirección? Apúrese que se hace tarde y tengo que llegar a tiempo.. Si me hubiése quedado donde estaba, si tan sólo me hubiese olvidado del planeta y hubiese tenido en mi mente sólo a mi estrella, ya estaría conmigo.Mañana seguiré la pista que ese alguien dejó en una pequeña plaza sin nombre, en un escaño de pintura verde descascarada por el sol, la lluvia y las estrellas nocturnas. Supongo que pensaré en lo idiota que había sido ayer al reflexionar erróneamente que perdía tiempo buscándome, tenemos todo el resto de la eternidad para gastar y yo sólo quiero ser feliz.
Ayer me paré en un paradero y paré el tiempo para poder pensar con más claridad, dejé de lado el ruido de la ciudad, que era insoportable y hacía sufrir a mi cabeza, la hacía estallar de a poco. Medité largo rato y decidí que al tratar de encontrarme, perdía mi tiempo, porque es imposible que yo esté perdida y lejos de mi si estoy siempre a mi lado y acompañándome.
Hoy paseaba por las calles cubiertas de sol y me di cuenta de que siempre estuve ahí, pero no me había visto. De verdad había estado muy ciega, porque ya era famosa y los asientos de los parques tenían mi nombre rayados en sus tablas de madera apolilladas y de un verde oscuro. Ya había pasado por ahí buscándome, pero alguien me había encontrado antes y dejó una pista mal escrita que podría seguir más adelante, en un futuro cercano, ahora..
Necesito hallarme pero no sé adónde fui a parar. ¿Señor, me puede dar la dirección? Apúrese que se hace tarde y tengo que llegar a tiempo.. Si me hubiése quedado donde estaba, si tan sólo me hubiese olvidado del planeta y hubiese tenido en mi mente sólo a mi estrella, ya estaría conmigo.Mañana seguiré la pista que ese alguien dejó en una pequeña plaza sin nombre, en un escaño de pintura verde descascarada por el sol, la lluvia y las estrellas nocturnas. Supongo que pensaré en lo idiota que había sido ayer al reflexionar erróneamente que perdía tiempo buscándome, tenemos todo el resto de la eternidad para gastar y yo sólo quiero ser feliz.
sábado
Álamos, caminos y cementerios
Había fista en la casa contigua. También soplaba una brisa fresca primaveral en un atardecer de verano, uno típico de verano.. El mismo cielo anaranjado de siempre, unido al oeste con las violáceas montañas de la Cordillera de la Costa. Una postal enmarcada por álamos enormes, pies y ruedas levantando polvo en un caminito de tierra y un cementerio.
Era fácil ignorar esa pequeña ciudad sin población viva, ya que no parecía cementerio. Era más como un parque cubierto de pasto, con remolinos de colores girando involuntariamente por acción del viento junto a los que ahora no son más que simples huesos y carne descompuesta.. ¡Abono! A decir verdad, es un final bastante deprimente para un ser querido. Pero es aún peor para el testigo de la gran demanda de terrenitos perpetuos y con la misma vista que tengo desde mi habitación, la del cielo anaranjado fundido con las bellas montañas malvas al crepúsculo..
Todas las mañanas invernales, la hierba amanece cubierta de escarcha nocturna. Se ve todo blanco, suave, la más pura belleza fría.. como un camposanto en el sentido más literal de la palabra. Los débiles rayos de sol matinal son inútiles, por lo menos hasta el mediodía, después, el hielo derretido riega las tumbas y las flores quedan frescas esperando el siguente albor. Cuando regreso a casa, ya no puedo ver los mausoleos ni los sepulcros, tan sólo las paredes de ladrillo que rodean a la necrópolis. Quizás para que ningún intruso masoquista entre por las noches.. o tal vez para que ningún alma fugitiva se escape, atormente a los vivos y haga que convulsionen de miedo con rosarios en mano, los más creyentes y con armas, los más escépticos.
Siempre, sin importar la fecha, en medio del prado y los recuerdos de colores que dejan las familias hay un gentío ahogado en lágrimas, la mayoría de negro sufriendo en silencio o bien, gritando al mundo la desesperación por la partida de su ser querido. "La muerte no espera a nadie", oí que me dijeron alguna vez, alguien que no recuerdo. Era la pura verdad.
Y después del día de todos los santos o días del padre, de la madre o algún familiar en quinto grado, la mañana es alegrada por miles y miles de flores puestas tan sólo la tarde anterior. Un soplo de vida inunda las hectáreas mortecinas.
Era fácil ignorar esa pequeña ciudad sin población viva, ya que no parecía cementerio. Era más como un parque cubierto de pasto, con remolinos de colores girando involuntariamente por acción del viento junto a los que ahora no son más que simples huesos y carne descompuesta.. ¡Abono! A decir verdad, es un final bastante deprimente para un ser querido. Pero es aún peor para el testigo de la gran demanda de terrenitos perpetuos y con la misma vista que tengo desde mi habitación, la del cielo anaranjado fundido con las bellas montañas malvas al crepúsculo..
Todas las mañanas invernales, la hierba amanece cubierta de escarcha nocturna. Se ve todo blanco, suave, la más pura belleza fría.. como un camposanto en el sentido más literal de la palabra. Los débiles rayos de sol matinal son inútiles, por lo menos hasta el mediodía, después, el hielo derretido riega las tumbas y las flores quedan frescas esperando el siguente albor. Cuando regreso a casa, ya no puedo ver los mausoleos ni los sepulcros, tan sólo las paredes de ladrillo que rodean a la necrópolis. Quizás para que ningún intruso masoquista entre por las noches.. o tal vez para que ningún alma fugitiva se escape, atormente a los vivos y haga que convulsionen de miedo con rosarios en mano, los más creyentes y con armas, los más escépticos.
Siempre, sin importar la fecha, en medio del prado y los recuerdos de colores que dejan las familias hay un gentío ahogado en lágrimas, la mayoría de negro sufriendo en silencio o bien, gritando al mundo la desesperación por la partida de su ser querido. "La muerte no espera a nadie", oí que me dijeron alguna vez, alguien que no recuerdo. Era la pura verdad.
Y después del día de todos los santos o días del padre, de la madre o algún familiar en quinto grado, la mañana es alegrada por miles y miles de flores puestas tan sólo la tarde anterior. Un soplo de vida inunda las hectáreas mortecinas.
viernes
Viernes, nueve de enero
Cruza la carretera. Las pérgolas eran ahora su nuevo escenario, un lienzo en blanco adornado por estantes coloridos, cubiertos de flores y regalos para nadie.. ¡para un muerto!
Cambia la luz roja, es verde. Camina. Los transeúntes la miran con cara desconcertada, el horario de visitas ya había terminado.. hace más de media hora. Pero seguía empeñada en llegar hasta el camino de tierra, junto a la acequia. Bajo un álamo de proporciones colosales, llevó a cabo un crimen a su estilo. Lo lanzó deliberadamente al agua, y se hundió raudo, como una roca fría y pesada. Se hundió tal cual lo imaginó, aún siendo tan liviano como la pluma de un gorrión. Ahora se sentía más observada, era el cargo de conciencia. Un joven rubio la miraba, avanzaba y él aceleraba el paso, retrocedía y se convertía en estatua.
¡Para ya, no quiero testigos! - gritaba su mente.
La hacía sentir culpable la forma en que sus pupilas revoloteaban en su rostro y en sus acciones. Tenía miedo. Podía haber ido más lejos, pero ya era tarde, estaba anocheciendo y sabía que el rubio no sería su héroe, tan sólo unos bellos ojos curiosos ante la jovencita que caminaba y se daba vueltas por los árboles y las flores podridas que ya nadie había comprado. Tenía rabia. Alguien no había cumplido aún su parte, eso la desquiciaba. Pero se sentía cada vez más culpable por abandonarlo todo allí, todo.
Por fin se decidió. Lo dejó allí tirado, como si nunca hubiese existido, como si nunca hubiese importado, como si no lo hubiese amado. Eso era verdad, no lo amó, incluso ahora le era más insoportable convivir con eso, en la misma habitación, cerca de su cama, de si misma por las noches.. vigilando sus sueños. "No existió, no importó, no lo amé.." - se repetía una y otra vez.Caminó, lejos de las pruebas contundentes que la acusaban. El rubio dio un vistazo una vez más y le devolvió una mirada envenenada. Se paró en la esquina y esperó, no alcanzaba a cruzar otra vez. Los autos pasaban rápidos, retrocedía cada vez más, hasta que sus manos, torpes por el frenesí, toparon la baranda de una escalera. Se sentó en el escalón de más abajo, hundió su cara entre sus manos y sollozó sin motivos tristemente sobre la acera caliente, hasta el amanecer. Había cumplido su parte del trato, ahora faltaba que él hiciera la tuya y que no regresara, por lo menos en diecisiete siglos más..
Cambia la luz roja, es verde. Camina. Los transeúntes la miran con cara desconcertada, el horario de visitas ya había terminado.. hace más de media hora. Pero seguía empeñada en llegar hasta el camino de tierra, junto a la acequia. Bajo un álamo de proporciones colosales, llevó a cabo un crimen a su estilo. Lo lanzó deliberadamente al agua, y se hundió raudo, como una roca fría y pesada. Se hundió tal cual lo imaginó, aún siendo tan liviano como la pluma de un gorrión. Ahora se sentía más observada, era el cargo de conciencia. Un joven rubio la miraba, avanzaba y él aceleraba el paso, retrocedía y se convertía en estatua.
¡Para ya, no quiero testigos! - gritaba su mente.
La hacía sentir culpable la forma en que sus pupilas revoloteaban en su rostro y en sus acciones. Tenía miedo. Podía haber ido más lejos, pero ya era tarde, estaba anocheciendo y sabía que el rubio no sería su héroe, tan sólo unos bellos ojos curiosos ante la jovencita que caminaba y se daba vueltas por los árboles y las flores podridas que ya nadie había comprado. Tenía rabia. Alguien no había cumplido aún su parte, eso la desquiciaba. Pero se sentía cada vez más culpable por abandonarlo todo allí, todo.
Por fin se decidió. Lo dejó allí tirado, como si nunca hubiese existido, como si nunca hubiese importado, como si no lo hubiese amado. Eso era verdad, no lo amó, incluso ahora le era más insoportable convivir con eso, en la misma habitación, cerca de su cama, de si misma por las noches.. vigilando sus sueños. "No existió, no importó, no lo amé.." - se repetía una y otra vez.Caminó, lejos de las pruebas contundentes que la acusaban. El rubio dio un vistazo una vez más y le devolvió una mirada envenenada. Se paró en la esquina y esperó, no alcanzaba a cruzar otra vez. Los autos pasaban rápidos, retrocedía cada vez más, hasta que sus manos, torpes por el frenesí, toparon la baranda de una escalera. Se sentó en el escalón de más abajo, hundió su cara entre sus manos y sollozó sin motivos tristemente sobre la acera caliente, hasta el amanecer. Había cumplido su parte del trato, ahora faltaba que él hiciera la tuya y que no regresara, por lo menos en diecisiete siglos más..
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