miércoles

Nómbrelo ud. mismo

Era un día triste. Era como uno de esos en los que se va al cementerio. Recién había dejado de llover la madrugada anterior y el frío, el sol, las nubes y una brisita espectral, invitaban a barajar la posibilidad de visitar a alguien a quien no puedes ver hace años. Cada vez bajaba más la temperatura. El clima te sonrojaba las mejillas pero te opacaba los ojos. Las nubes disueltas y gigantes se paseaban pomposas por una alfombra azul. Como bellas pelusas blancas, giraban y bailaban brillando hacia el sol de invierno.
Atrás de una joven sentada al borde de la solera, había una palmera alta. En sus hojas, unas gotas de lluvia indecisas, aún no llegaban a su destino original: el cemento. El pelo bailaba y alborotaba el semblante de la chica. Tenía una mueca torcida pintada en el rostro, que reflejaba duda, confusión y tal vez estrés. Todo esto se debía quizás por haber despertado innumerables veces llorando amargamente la noche recién pasada. Los malos sueños la tenían sumida en profundas cavilaciones, analizando los motivos de su pena. Recordaba un sueño de los tantos que tuvo y en ese vió morir a alguien. Un desconocido. Si bien, no tenía ni la menor idea de quien podría ser, el hecho de que haya muerto frente a sus ojos fue chocante, incluso, aunque haya sido todo producto de su imaginación, una mera pesadilla..
De repente, unas gotas cayeron en su nuca, dejando caer al vacío sus pensamientos. ¿Llovía? Pequeños fragmentos de la borrasca pasada caían de algún lugar del cielo, repiqueteando quedamente en su cabeza. Giró sobre sí y no divisó nada más que una palmera alta y nubes volviéndose a juntar, cubriendo con una capa de humo blanco acolchado y plomizo el celeste perfecto de un día de post-lluvia, de esos ideales para hacer viajes al camposanto y recordar a alguien a quien hace tiempo no le puedes hablar. Quiso distraerse, buscó excusas para no seguir con el tema al que le daba vueltas en su mente, el tema que la hacía meditar y concentrarse. Pensar en la lluvia misteriosa que caía sobre ella era un verdadero alivio y novecientas noventa y cinco mil ochocientas setenta y nueve veces mejor que repasar una y otra vez lo mismo.. Nunca pudo explicarse de donde provenían aquellas gotas perdidas. A sus ojos, la palmera y todo el paisaje, le parecían inocentes e inofensivos..
..Así, las gotas de agua de la palmera alta siguieron cayendo como lágrimas sobre la niña sentada en la solera y el viento continuó soplando, moviendo nubes, levantando polvo y hojas, volando cabellos y abrigos..

domingo

Estupidez

Íbamos bien, excelente. Todo marchaba a la perfección. Por lo menos para mi, porque tengo claro que tu estabas agonizando.

Llegamos a una calle desconocida, en una ciudad sin nombre. Las ramas y las hojas se enterraban en mi cabeza, en mi espalda, en mis brazos y mis manos intentaban sujetarte. Te pedí ochocientas mil cuatrocientas noventa y dos veces que no lo hicieras, que me dejaras tranquila, que NOS dejaras tranquilos, era lo mejor para ambos vivir de una amistad ficticia y volátil como (y con) alcohol. Te supliqué que no nos hicieramos daño, pero me mirabas y caia agua al suelo, pequeñas gotas que mojaban la vereda, humedeciendo la atmósfera. Las nubes grises y el atardecer apagado nos acompañaban. Cada vez me hundía más y más en el follaje y tu me seguías. Tus labios rozaron los mios.

'Aléjate'

El crepúsculo seguía donde mismo, la brisa se mantenía calma y las nubes quedaban en su lugar. El tiempo se había detenido, dándote más tiempo, más chances. Aunque nunca fui de dar segundas oportunidades.

Me dividí, me quebraste. Mi fragilidad cobró mi alma y la partió. Tu ya eras dos personas, me amabas y me querías. Yo te quería, pero era ese tipo de amor que se le entrega a un hermano a un amigo. No podía andar besando a un amigo y menos a un hermano.

Me heriste, por eso yo también saqué mis garras y te las enterré en lo profundo de tu corazón, en lo profundo de tu ego al mirar a otro lado mientras me hablabas, al contarte algo dirigiendo mis ojos hacia la tempestad que se lograba reflejar ellos, cuando acercabas tu boca la mia, cuando tu aliento se confundía con el mio y mi cabeza daba vueltas oliendo a ti.

Qué estúpido de mi parte dejar que te acercaras cada vez más, ceder poco a poco ante los escalofríos que recorrían mi espalda cada vez que te parabas un centímetro más acá. Una idiotez dejar que me dieras un beso con fuerza, con ganas, con lengua. Qué estúpido que me marearas y me hicieras dejar caer todas mis cosas, mis cuadernos, mis papeles, mi dignidad..