Bellas gigantes, primorosas. Se visten con largos trajes pomposos y avanzan altas, impulsadas por los susurros del viento. Robustas unas, delgadas otras, como finos cabellos de princesa. Son pálidas, traslúcidas y suaves. No se tocan, no se huelen y no se saborean. Puedes admirar su gracia pura, de un color exento de otros, que sólo con la muerte del día cambia, llevando un luto carmesí. Puedes sentirlas en el rostro, cuando bajan y deambulan entre los seres mundanos, que no notan que están ahí, con su humedad. Damas descalzas danzando por las calles de la ciudad. Es complicado hayar algo similar, tan sólo las más nobles ninfas etéreas y livianas poseen alguna de sus cualidades. Pero algunas, envidiosas, usan sus colores y se alegran cuando el día está perfecto y no hay rastro de ellas en el cielo. Porque son las reinas cuando la luna no figura y son sinónimo de dulces sueños y hermosos pensamientos,
las nubes..
domingo
sábado
Número diecisiete.
Fui a dar una vuelta. Antes de lanzarme a la calle, tomé el mp3 y puse cada audífono en su lugar, desconectándome del mundo y caminando hacia donde mis pies me llevaran. Llegué a una plaza vacía. Estaba sola con mi soledad, los árboles, el viento y la arenilla de los juegos. No había nadie más, silencio total, hasta que llegaron dos pequeños niños en sus bicicletas. Uno de ellos hizo caso omiso a mi presencia, pero el otro me quedó mirando por largos pero efímeros cinco segundos. Su mirada era extraña y me sonrió al ver un intento de mueca alegre en mi rostro. Se puso a dar vueltas alrededor de los columpios, mientras el otro contaba números en un volumen tan bajito, que había que guardar un silencio absoluto para oirlo y distinguir lo que murmuraba.
Conté hasta 114 - dijo - ¿Cuánto puedes contar tú?
Yo sé contar hasta.. uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez - respondió el otro. Yo sé hasta más de cien - le contestó, entonando como si fuera una gran hazaña.
Once, doce, trece, catorce, quince, dieciseis.. Dieciocho, diecinueve, veinte - completó - ¡viste que sé más!
Pero.. - entonces, cuando dijo pero, el otro siguió contando y lo interrumpió.
Veintiuno, veintidos, veintitres, veinticuatro.. - contaba con los ojitos cerrados, como recordando la figura de cada número a medida que los iba nombrando.
Pero mira, después del dieciseis, viene el diecisiete.. - le dijo el niño que sabía contar hasta 114 - no viene el dieciocho altiro. No sabí contar Martín..
Si sé - interrumpió ahora molesto por el comentario de su amigo de juegos - es que se me olvidó, no me gusta ese número.
Recordé en ese momento que mi hermana también tenía problemas con el diecisiete y en mi fuero interno me reia del comentario de Martín y de su disgusto por un simple número.
¿Andamos en bici? - le preguntó Martín a su amigo.
Ya - dijo mientras se bajaba del resbalín - pero esperame, voy a buscar mi moto, la dejé estacionada por ahí - se refería a su bicicleta, que dejó estacionada bajo un árbol delgado, que parecía se podía quebrar cualquier momento.
Ya pu, ¿andemos en bici? - lo regañaba Martín, por su demora.
Si, si, aquí está mi moto - le dijo riendo - ¿Vamos?
¡Ya! - gritó Martín emocionado.
Ambos niños se alejaron de la plaza, cada uno en su moto, alegres, planeando su próxima aventura en otro lugar. Los perdí de vista. Así me volví a quedar sola con mi soledad, con el viento, los árboles y la arenilla de los juegos, pero ahora con una historia para escribir, sobre Martín, su amigo y el número diecisiete..
Conté hasta 114 - dijo - ¿Cuánto puedes contar tú?
Yo sé contar hasta.. uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez - respondió el otro. Yo sé hasta más de cien - le contestó, entonando como si fuera una gran hazaña.
Once, doce, trece, catorce, quince, dieciseis.. Dieciocho, diecinueve, veinte - completó - ¡viste que sé más!
Pero.. - entonces, cuando dijo pero, el otro siguió contando y lo interrumpió.
Veintiuno, veintidos, veintitres, veinticuatro.. - contaba con los ojitos cerrados, como recordando la figura de cada número a medida que los iba nombrando.
Pero mira, después del dieciseis, viene el diecisiete.. - le dijo el niño que sabía contar hasta 114 - no viene el dieciocho altiro. No sabí contar Martín..
Si sé - interrumpió ahora molesto por el comentario de su amigo de juegos - es que se me olvidó, no me gusta ese número.
Recordé en ese momento que mi hermana también tenía problemas con el diecisiete y en mi fuero interno me reia del comentario de Martín y de su disgusto por un simple número.
¿Andamos en bici? - le preguntó Martín a su amigo.
Ya - dijo mientras se bajaba del resbalín - pero esperame, voy a buscar mi moto, la dejé estacionada por ahí - se refería a su bicicleta, que dejó estacionada bajo un árbol delgado, que parecía se podía quebrar cualquier momento.
Ya pu, ¿andemos en bici? - lo regañaba Martín, por su demora.
Si, si, aquí está mi moto - le dijo riendo - ¿Vamos?
¡Ya! - gritó Martín emocionado.
Ambos niños se alejaron de la plaza, cada uno en su moto, alegres, planeando su próxima aventura en otro lugar. Los perdí de vista. Así me volví a quedar sola con mi soledad, con el viento, los árboles y la arenilla de los juegos, pero ahora con una historia para escribir, sobre Martín, su amigo y el número diecisiete..
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