viernes

Viernes, treinta de enero

A veces en las noches silenciosas, cuando no no hay rastros de brisa fresca y las estrellas no tintinean en el cielo, intento que mi tristeza se desborde, lucho contra mi, me interrogo y traigo imágenes a mi mente para apenarme a propósito, pero no consigo nada más que sollozar fugazmente. ¿Esto quiere decir que mi corazón está sano? ¿No hay más heridas que curar? Y yo que me entretenía vendándolo y cuidándolo todos los días de mi vida..


Ayer me paré en un paradero y paré el tiempo para poder pensar con más claridad, dejé de lado el ruido de la ciudad, que era insoportable y hacía sufrir a mi cabeza, la hacía estallar de a poco. Medité largo rato y decidí que al tratar de encontrarme, perdía mi tiempo, porque es imposible que yo esté perdida y lejos de mi si estoy siempre a mi lado y acompañándome.

Hoy paseaba por las calles cubiertas de sol y me di cuenta de que siempre estuve ahí, pero no me había visto. De verdad había estado muy ciega, porque ya era famosa y los asientos de los parques tenían mi nombre rayados en sus tablas de madera apolilladas y de un verde oscuro. Ya había pasado por ahí buscándome, pero alguien me había encontrado antes y dejó una pista mal escrita que podría seguir más adelante, en un futuro cercano, ahora..

Necesito hallarme pero no sé adónde fui a parar. ¿Señor, me puede dar la dirección? Apúrese que se hace tarde y tengo que llegar a tiempo.. Si me hubiése quedado donde estaba, si tan sólo me hubiese olvidado del planeta y hubiese tenido en mi mente sólo a mi estrella, ya estaría conmigo.Mañana seguiré la pista que ese alguien dejó en una pequeña plaza sin nombre, en un escaño de pintura verde descascarada por el sol, la lluvia y las estrellas nocturnas. Supongo que pensaré en lo idiota que había sido ayer al reflexionar erróneamente que perdía tiempo buscándome, tenemos todo el resto de la eternidad para gastar y yo sólo quiero ser feliz.

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