Cruza la carretera. Las pérgolas eran ahora su nuevo escenario, un lienzo en blanco adornado por estantes coloridos, cubiertos de flores y regalos para nadie.. ¡para un muerto!
Cambia la luz roja, es verde. Camina. Los transeúntes la miran con cara desconcertada, el horario de visitas ya había terminado.. hace más de media hora. Pero seguía empeñada en llegar hasta el camino de tierra, junto a la acequia. Bajo un álamo de proporciones colosales, llevó a cabo un crimen a su estilo. Lo lanzó deliberadamente al agua, y se hundió raudo, como una roca fría y pesada. Se hundió tal cual lo imaginó, aún siendo tan liviano como la pluma de un gorrión. Ahora se sentía más observada, era el cargo de conciencia. Un joven rubio la miraba, avanzaba y él aceleraba el paso, retrocedía y se convertía en estatua.
¡Para ya, no quiero testigos! - gritaba su mente.
La hacía sentir culpable la forma en que sus pupilas revoloteaban en su rostro y en sus acciones. Tenía miedo. Podía haber ido más lejos, pero ya era tarde, estaba anocheciendo y sabía que el rubio no sería su héroe, tan sólo unos bellos ojos curiosos ante la jovencita que caminaba y se daba vueltas por los árboles y las flores podridas que ya nadie había comprado. Tenía rabia. Alguien no había cumplido aún su parte, eso la desquiciaba. Pero se sentía cada vez más culpable por abandonarlo todo allí, todo.
Por fin se decidió. Lo dejó allí tirado, como si nunca hubiese existido, como si nunca hubiese importado, como si no lo hubiese amado. Eso era verdad, no lo amó, incluso ahora le era más insoportable convivir con eso, en la misma habitación, cerca de su cama, de si misma por las noches.. vigilando sus sueños. "No existió, no importó, no lo amé.." - se repetía una y otra vez.Caminó, lejos de las pruebas contundentes que la acusaban. El rubio dio un vistazo una vez más y le devolvió una mirada envenenada. Se paró en la esquina y esperó, no alcanzaba a cruzar otra vez. Los autos pasaban rápidos, retrocedía cada vez más, hasta que sus manos, torpes por el frenesí, toparon la baranda de una escalera. Se sentó en el escalón de más abajo, hundió su cara entre sus manos y sollozó sin motivos tristemente sobre la acera caliente, hasta el amanecer. Había cumplido su parte del trato, ahora faltaba que él hiciera la tuya y que no regresara, por lo menos en diecisiete siglos más..
viernes
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