Había fista en la casa contigua. También soplaba una brisa fresca primaveral en un atardecer de verano, uno típico de verano.. El mismo cielo anaranjado de siempre, unido al oeste con las violáceas montañas de la Cordillera de la Costa. Una postal enmarcada por álamos enormes, pies y ruedas levantando polvo en un caminito de tierra y un cementerio.
Era fácil ignorar esa pequeña ciudad sin población viva, ya que no parecía cementerio. Era más como un parque cubierto de pasto, con remolinos de colores girando involuntariamente por acción del viento junto a los que ahora no son más que simples huesos y carne descompuesta.. ¡Abono! A decir verdad, es un final bastante deprimente para un ser querido. Pero es aún peor para el testigo de la gran demanda de terrenitos perpetuos y con la misma vista que tengo desde mi habitación, la del cielo anaranjado fundido con las bellas montañas malvas al crepúsculo..
Todas las mañanas invernales, la hierba amanece cubierta de escarcha nocturna. Se ve todo blanco, suave, la más pura belleza fría.. como un camposanto en el sentido más literal de la palabra. Los débiles rayos de sol matinal son inútiles, por lo menos hasta el mediodía, después, el hielo derretido riega las tumbas y las flores quedan frescas esperando el siguente albor. Cuando regreso a casa, ya no puedo ver los mausoleos ni los sepulcros, tan sólo las paredes de ladrillo que rodean a la necrópolis. Quizás para que ningún intruso masoquista entre por las noches.. o tal vez para que ningún alma fugitiva se escape, atormente a los vivos y haga que convulsionen de miedo con rosarios en mano, los más creyentes y con armas, los más escépticos.
Siempre, sin importar la fecha, en medio del prado y los recuerdos de colores que dejan las familias hay un gentío ahogado en lágrimas, la mayoría de negro sufriendo en silencio o bien, gritando al mundo la desesperación por la partida de su ser querido. "La muerte no espera a nadie", oí que me dijeron alguna vez, alguien que no recuerdo. Era la pura verdad.
Y después del día de todos los santos o días del padre, de la madre o algún familiar en quinto grado, la mañana es alegrada por miles y miles de flores puestas tan sólo la tarde anterior. Un soplo de vida inunda las hectáreas mortecinas.
sábado
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