lunes
Veintidós de diciembre
La calle era amplia. Era tibia y cálida por el sol de la tarde. De verdad podía sentir la energía de los rayos impregnados en el asfalto subiendo por mis pies, atravesando mis zapatillas.Pasé como si no fuera humana, una extraña entre familias que disfrutaban de una brisa seminocturna por las veredas de mi calle. Cuando llegué a la plaza, me habría tendido en el pasto. Esa era una alternativa. Pero cuando me acercaba más y más, cambié la dirección y me senté en el columpio más nuevo, hecho de madera, que a pesar de tener tan sólo unos pocos años, tenía la pintura descascarada.. Quizás culpa de todos los niños que se suben al juego, tratando de alcanzar una estrella perdida en lo alto del cielo urbano, un cielo liso y de color uniforme por las noches.Quise describir todo lo que veía, pero no pude. Tan sólo unas palabras volátiles acudieron a mi mente: "Las ventanas con marcos negros, lisos y plásticos, imitación de fierro.. las cortinas claras y suaves tras el, ligeras en su vuelo.. luces del árbol de pascua que titilan rabiosas y festivas más atrás del marco y más allá de la tela."Me paré. Otra vez surgió la opción de dejarme caer en un océano de hierba. No quise. Pero desde pequeña he amado caminar descalza y sentir, palpar con mis pies el terreno por el que voy, buscando grietas imperceptibles y alguno que otro guijarro agudo que pueda herir. Mi textura favorita siempre fue y ha sido el pasto, cuando está recién regado, frío.. Pero no tenía ánimo de.. No quería permitir que los sentidos se desbocaran otra vez..
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