martes

Sentido

Estaba mirando por la ventana. Mirando como el tiempo y viento pasaban. Sendentaria. Si me hubiese podido desdoblar, me habría pateado, por inútil. Pero no valía la pena gastar mis energías en esos pensamientos, no. Ninguna cosa a estas altura tenía sentido y ya nada valía la pena ¿o si?.¿A qué hora decidí que la vida, no mi vida, no importaba más? Eran más de las dos de la madrugada y yo aún no podía caer en ese dulce y ansiado estado de coma temporal. Afuera corría una brisa fresca primaveral, llena de pelusitas molestas que dan alergia. Me picaba el cuerpo, tenía lleno de ronchas, obra de los zancudos que hacían su desagradable aparición en esta época. Mis piernas, mi espalda, mi abdomen, todo cubierto de manchitas rojas, que se veian bastante feas y eran complicadas de ocultar. Aún así, las tenía las descubierto, aunque el mundo se quedara mirándome, como si fuera yo el zancudo. Me aburrí de contemplar la vida pasar, tomé la bicicleta y fui a dar una vuelta. Me dio lo mismo que fueran las tantas de la madrugada y que no eran horas para que una joven diera un paseo, que podía terminar en tragedia, sabiendo como es nuestra intranquila ciudad a esas horas. Cerca de mi casa, o lo que puedo considerar una especie de casa, había un camino de tierra. Me adentré haciendo caso omiso a la poca iluminación y a los eventos en el sendero. Seguí hasta donde mis músculos no dieron más y pronto me di cuenta de que me había alejado más de lo planeado. Aunque nunca había planeado nada. Parecía haber encontrado un pedacito de campo silvestre, en medio de una selva de cemento, lleno de feroces autos y salvajes animales llamados humanos. Era mi campo. Seguí avanzando y a medida que lo hacía, me sentía más libre, en todo sentido. Me sentía libre de él, de mi mundo, de mis problemas, de mis supuestos problemas, de todo y francamente, fue un alivio no recordar nada. Al pisar esa tierra, era como si me borraran la memoria y todo mi pasado hubiese sido eliminado completamente. No logré saber mi nombre y me inventé uno para este nuevo país que había descubierto, por si encontraba algún alma desconocida y quería presentarme: Me llamaría Georgina, cada vez que lo visitara y fuera turista de su bálsamo para el alma atormentada, el olvido. ¡Qué bello es recordar, pero aun más hermoso es no hacerlo! Dichosos son aquellos que pierden sus pensamientos, allá, por donde el diablo perdió el poncho. Subitamente, caí al barro. Todo mi sueño se arruinó y yo estaba roja de cólera. No me veia, pero sentía la sangre hirviendo, y llegué a pensar que las venas de mi cabeza se iban a reventar. Desperté. No había nadie a mi lado, pero aun así lancé una mirada envenenada al aire, al vacio oscuro de la noche. Lo culpé de mi caida en sueños y a mi caida de haberme despertado de mi libertad. Y yo odié también mi libertad, cuando caí en cuenta de que no la poseia más. La verdad, nada tenía sentido, ¡Pero hace cuánto que lo habiamos perdido!Me sentía humillada y herida. No por mi caida a la tierra y no en el aspecto físico, era simplemente el hecho de que no tenía una mano amiga que me ayudara y me apoyara en ese instante. Me sentía tan sola en medio de mi sueño.. Y no podía inventarme un aliado, porque todo sería ficticio y yo pasaría viviendo en mentiras. El golpe me había traido a la realidad, y confundida, había abandonado el trance. Nunca había salido y nunca dejé mi pieza. Sólo había sido una jugada de mi mente delirante. Pero todo era tan cierto, tan tangible.. El viento en mi cara, el susurro del mismo en las hojas de los álamos y un aullido de perros lejanos. Muy lejanos.- No te preocupes - dijo una voz que brotaba cálida y protectora de algún lugar en la oscuridad.

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