Fui a dar una vuelta. Antes de lanzarme a la calle, tomé el mp3 y puse cada audífono en su lugar, desconectándome del mundo y caminando hacia donde mis pies me llevaran. Llegué a una plaza vacía. Estaba sola con mi soledad, los árboles, el viento y la arenilla de los juegos. No había nadie más, silencio total, hasta que llegaron dos pequeños niños en sus bicicletas. Uno de ellos hizo caso omiso a mi presencia, pero el otro me quedó mirando por largos pero efímeros cinco segundos. Su mirada era extraña y me sonrió al ver un intento de mueca alegre en mi rostro. Se puso a dar vueltas alrededor de los columpios, mientras el otro contaba números en un volumen tan bajito, que había que guardar un silencio absoluto para oirlo y distinguir lo que murmuraba.
Conté hasta 114 - dijo - ¿Cuánto puedes contar tú?
Yo sé contar hasta.. uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez - respondió el otro. Yo sé hasta más de cien - le contestó, entonando como si fuera una gran hazaña.
Once, doce, trece, catorce, quince, dieciseis.. Dieciocho, diecinueve, veinte - completó - ¡viste que sé más!
Pero.. - entonces, cuando dijo pero, el otro siguió contando y lo interrumpió.
Veintiuno, veintidos, veintitres, veinticuatro.. - contaba con los ojitos cerrados, como recordando la figura de cada número a medida que los iba nombrando.
Pero mira, después del dieciseis, viene el diecisiete.. - le dijo el niño que sabía contar hasta 114 - no viene el dieciocho altiro. No sabí contar Martín..
Si sé - interrumpió ahora molesto por el comentario de su amigo de juegos - es que se me olvidó, no me gusta ese número.
Recordé en ese momento que mi hermana también tenía problemas con el diecisiete y en mi fuero interno me reia del comentario de Martín y de su disgusto por un simple número.
¿Andamos en bici? - le preguntó Martín a su amigo.
Ya - dijo mientras se bajaba del resbalín - pero esperame, voy a buscar mi moto, la dejé estacionada por ahí - se refería a su bicicleta, que dejó estacionada bajo un árbol delgado, que parecía se podía quebrar cualquier momento.
Ya pu, ¿andemos en bici? - lo regañaba Martín, por su demora.
Si, si, aquí está mi moto - le dijo riendo - ¿Vamos?
¡Ya! - gritó Martín emocionado.
Ambos niños se alejaron de la plaza, cada uno en su moto, alegres, planeando su próxima aventura en otro lugar. Los perdí de vista. Así me volví a quedar sola con mi soledad, con el viento, los árboles y la arenilla de los juegos, pero ahora con una historia para escribir, sobre Martín, su amigo y el número diecisiete..
sábado
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