Había sol, pero ese sol de febrero que ya había perdido un poco su calor y estaba mutando a uno de otoño, uno cálido pero lejano, una contradicción si fuese humano.
Eran las tres y algo, él había llegado ya del trabajo y ella lo esperaba para almorzar. Como cualquier día de la semana. Cuando se bajó del auto encontró una rosa borgoña ya madura, de un carmín increíble y soñado, quebrada en medio del jardín. Él sabía que debía ponerla en agua o moriría, se secaría y la brisa fresca con los días se llevaría los pétalos triturados por la pisada de alguien. Dilató el momento lo más que pudo, estaba pensando que decir cuando la viera a ella, quien seguramente pensaría que la cortó y por evitarse un disgusto dijo que estaba así cuando él llegó, le echaría la culpa y volverían a pelear por cosas triviales y superfluas. Como cualquier día de la semana.
Cuando él se bajaba del auto, ella recalentaba la comida y ponía la mesa. El tenedor y el cuchillo al lado derecho y una cuchara al izquierdo, las servilletas por si ocurría lo de siempre y se manchaba, las ensaladas sin limón para su débil estómago y por último agua mineral no muy fría en su vaso favorito. Todo perfecto, todo justo a tiempo, ninguna demora y tan puntual como cada día. Pero había un problema, él se estaba demorando demasiado en saludarla y no aparecía aún por el portón. El gato de la casa ya había ido a verlo e incluso había regresado. Esto la estaba sacando de sus casillas, jamás en su vida había aceptado la impuntualidad y esta no sería la excepción. Quería gritarle, llamarle la atención, la comida se enfriaba y él se estaba entreteniendo con su cacharro seguramente.
‘¡Apareciste!’- le dijo en un tono antipático cuando lo vio entrar.
Él calló unos segundos, emitió un tímido ‘hola’ y se quedó de pie, tenía la rosa en la mano y no sabía donde dejarla cuando se sentara. ‘Ella tiene que entender, no puede pelear por una simple flor roja, eso no es normal...’, pensó. Realmente él no comprendía el amor que ella sentía hacía sus flores, su jardín, sus hierbas para un té nocturno y malestares. Adoraba a cada ser que habitaba su reino verde y tenía contado cada botón de cada planta, cada hoja que amarilleaba y caía sin retorno. Él volvió a hablar luego de que ella le había servido la cazuela de hoy.
‘Toma’ - Le dijo al tiempo que extendía su mano y le entregaba la prueba más hermosa de un delito que había cometido un desconocido. Ella abrió sus ojos, ahora grandes y relucientes por la sorpresa, pestañeó ligeramente. Este gesto la había pillado desprevenida y no sabía que decir, pensaba que era un regalo, y él se dio cuenta de inmediato de la suposición de su esposa.
Por breves instantes, ella recordó porqué lo había amado hace unas cuatro décadas atrás, fue como si un manto de pétalos hubiese caído suave y lentamente sobre su piel. Súbitamente rejuveneció y la imagen de él mutó con ella, eran jóvenes otra vez y ambos descubrieron que se amaban a pesar de todo. Creían no poder volver a verse así, después de toda una vida de problemas humanos y continuas ausencias de él en la casa para ganarse la vida de alguna forma. Ahora todo era distinto, ya no era como cualquier día de la semana y una burbuja los envolvía. La cazuela, las servilletas, las flores, todo había sido olvidado y ahora sólo estaban los dos, como el mismo día en que se conocieron.
De pronto la realidad los golpeó.
‘¿Y cómo te fue hoy?’ – dijo ella.
‘Como cualquier otro día de semana, mi flor..’ – respondió él.
Para Jorge y Flor,
porque son simplemente maravillosos y transforman la monotonía.
martes
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario